La cultura megalítica (de las grandes piedras) se extiende por toda Europa y el Norte de Africa. Tuvo su apogeo hacia el II milenio a.C.,

y aunque su principal y más famoso monumento se encuentra en la campiña británica, y lo conocemos como Stonehenge, no carece nuestro suelo patrio de grandes construcciones megalíticas. La época de los megalitos corre paralela con el calcolítico, con el descubrimiento y la aplicación en herramientas del cobre, el primer metal que manejó el ser humano. Aunque el cobre es un metal bastante blando (cojan un cable conductor y compruébenlo por sí mismos), tiene la ventaja de que se moldea con gran facilidad y es muy dúctil, de manera que si como material militar no mejora las armas líticas de sílex y obsidiana, sí es muy útil para fabricar utensilios domésticos y joyas. Además, la domesticación por el hombre de algunos animales, tales como el caballo, hizo que las comunicaciones y el intercambio de bienes fuesen favorecidos, lo que propició que la cultura de las grandes piedras se propagase por toda Europa. Todo eso hace que el conjunto de seres humanos se especialice, permitiendo la aparición de gremios de artesanos y comerciantes que ayudaron a la expansión de la naciente sociedad y que seguramente dio nacimiento a los primeros estados, acompañados de una jerarquización social. Generalmente se piensa que los dólmenes (conjunto de grandes piedras sin pulir unidas entre sí formando cámaras y corredores) fueron usados exclusivamente como enterramientos, a la manera de grandes mausoleos. No comparto esa opinión. Los seres humanos de aquel entonces no eran tontos, y su necesidad de religiosidad era la misma que sentimos actualmente, aunque la expresasen de otra forma y adorando a otros dioses. Si un arqueólogo de dentro de mil o cinco mil años exhumase los restos de nuestra cultura y diera con una iglesia o una catedral, podría pensar que se trataban de monumentos funerarios, ya que dentro de ellas se encuentras tumbas bellamente decoradas con estatuas y objetos en su interior. Sin embargo, no es ese el principal fin de los monumentos religiosos. Pues de la misma forma los dólmenes no fueron mausoleos en su tiempo, sino expresión de la religión natural que practicaba el hombre del calcolítico, y al mismo tiempo eran lugares donde se probaba al neófito, al aspirante a recibir un conocimiento especial sobre la naturaleza y su ser interior. De ahí el corredor estrecho que precede a una cámara, a la manera del útero materno donde se prueba al neófito que desea “morir” para el mundo y “nacer para una Realidad Superior”, es decir, aspira a ser un “dos veces nacido”, un Iniciado. Y, naturalmente, nuestra querida Sevilla está plagada de dólmenes y megalitos; y goza del honor de tener el dolmen con el corredor más largo de Europa, el que tiene el dolmen de La Pastora, de cuarenta y cuatro metros de largo. Dicho dolmen se halla en el término municipal de Valencina de la Concepción, en plena meseta del Aljarafe, y desde el que se puede contemplar una hermosa vista de la ciudad de Sevilla. Dada su estratégica posición, en una elevación natural, se encuentran restos de asentamientos humanos en ese lugar desde tiempos protohistóricos, como la Edad del Cobre. El misterioso Destino ha permitido que se conserve casi intacto, y fue descubierto por unos labradores en 1860, pero hasta ocho años después no se comenzaron las excavaciones, despejándose 28 metros de corredor desde la cámara funeraria de forma circular. Lo de cámara funeraria es algo muy cuestionable, como vimos antes. En la década de los sesenta del pasado siglo se retomaron las excavaciones, con lo que se descubrieron 16 metros más de corredor, aunque a esta última fase le faltaba el techo y la cubierta de piedra. Aunque si es cierto que la cámara funeraria es pequeña, y a lo sumo caben 5 ó 6 personas. Y en honor a la verdad, en este dolmen se han encontrado gran cantidad de restos humanos enterrados y objetos de ajuar. No es el único dolmen que se halla en Valencina. El dolmen de Matarrubilla se descubrió en segundo lugar, comenzando sus excavaciones en 1918 y en una segunda etapa en 1955. La forma es semejante a la del anterior, pero cambian los materiales de construcción, tratándose en este caso de mampostería y barro, mientras que en el de La Pastora predomina la pizarra. Este cambio en los materiales hace que se piense que se construyeron en dos etapas alejadas en el tiempo por unos cuantos siglos. Es importante destacar que en el centro de la “cámara funeraria” se halla un bloque de mármol negro trabajado en su parte superior para formar un hueco, donde se depositarían las ofrendas y se harían purificaciones y libaciones de agua. A la manera de un altar, con lo cual la función de mausoleo se cae por su propio peso. El corredor de este dolmen es de 16 metros. El tercer dolmen, llamado de Ontiveros, se encuentra debajo de una casa particular y se conoce sólo de forma incompleta. Se descubrió en 1948, y se excavaron 10 metros de corredor, y el vestíbulo es de forma semicircular, y conserva restos de ocre en las paredes como si lo hubieran pintado. Otra prueba más de que su uso era litúrgico y no funerario. El autor de estas líneas es natural de la comarca, y hablando con el guarda y con algunos ancianos del lugar se enteró de una leyenda que circula por la zona, y es que existió un cuarto dolmen, que fue destruido a comienzos del siglo XIX por un rico labrador al cual le estorbaban las piedras del techo del dolmen, y las arrancó, lo que provocó un derrumbamiento del mismo. Todavía no se han encontrado los restos de ese cuarto dolmen, y es posible que no sea más que una leyenda. Cuando uno camina por el corredor de estos dólmenes y llega a la cámara final y se detiene un momento en silencio, no puede dejar de sentir una especial sensación de misterio, como si estuviésemos en una iglesia megalítica. De la misma forma que se encuentran catedrales por todos los lugares de Europa, pudiendo hablarse de una cultura de las catedrales, al hablar de una cultura megalítica repartida por toda Europa estamos hablando de lo mismo, de la necesidad de religión. El hombre no cambia, y siempre buscará el misterio, que lo interroga desde fuera y desde dentro de uno mismo. Javier Ruiz

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