"Mi predecesor Abderrahmán III -Alláh le tenga en el seno de su luz- siempre rindió culto a la belleza. Lo prueba su Ciudad Flor de inmaculada blancura, Medinat Al-zahra.

Sus conquistas y tratados de paz buscaban un orden estable por el que pudieran fluir como sangre pura y vivificante todos los bienes culturales de Al-Ándalus. Otro era mi Nombre de Dios: el de la Justicia, el del Orden más estricto, el de la venganza de las injurias. Lo sufrieron mis enemigos porque poco después de la campaña de Santiago fue enviado a Pamplona el juez Muhamad Ibn Amir al Batui para confirmar pactos y hacer efectiva la paz con García el Tembloroso, que reinaría desde el 904 hasta el 1005. Y a los pocos meses ya estaban quebrantando los acuerdos jurados, que al parecer, le resultaban al reino demasiado gravosos. Expedición de castigo, humillación del monarca y de nuevo la paz. Y más aún despertó mi ira que, pocos días después, unos jinetes navarros se adentrasen en mis tierras -¡tierras que debían sentirse seguras a causa de mi Nombre!- Atacaron Calatayud y dieron muerte al hermano del gobernador de la plaza y a sus hombres, saqueando los pueblos indefensos que encontraron en el camino. La venganza cayó fulminante como un rayo. Ordené sacar de la prisión a los navarros que habían sido hecho rehenes en la ciudad navarra de Uncastillo, los nobles, caballeros principales e incluso familiares del rey. Los prisioneros fueron conducidos a Córdoba y ante la puerta de la Azuda se leyó un manifiesto sobre la perfidia de los cristianos y su traicionero ataque. Luego fueron ejecutados los cincuenta hombres. Hice qué mi hijo, Abderrahmán, de trece años, degollase al principal de los caballeros. Mi poeta Ibn Darray escribiría unos versos lastimeros que no fueron de mi agrado... De la batalla de Yarvaira, quizás la más grande y difícil que hayan librado mis batallones, nada diré. Dejo su descripción pormenorizada a los historiadores. Quedó clara para los cronistas la importancia de esta batalla cuando escribieron: “Los coaligados eran príncipes cristianos, desde Astorga a Pamplona, al mando del fuerte y experimentado Sancho de Castilla. Los coaligados se habían comprometido entre sí, de la manera más solemne, a no retroceder, declarando ilícito huir” Y a punto estuvieron de vencerme a mí, el Vencedor, que jamás había sido derrotado en el campo de batalla, en más de cincuenta expediciones. Tuve que mandar a mis dos hijos y a caballeros de mi séquito a la primera línea, cuando ésta estaba rota ya y los musulmanes huían en desbandada. Abd-al-Malik hizo prodigios de valor y combatividad. Su ardor guerrero, y el que Yo mismo apareciese en el campo de batalla, en una litera, para demostrar a mis soldados que no iba a huir, más mis gestos de desaprobación, hicieron que los que huían volvieran a la brecha. La estratagema de hacerme ver en el campo de batalla, y detrás una nube de polvo -siervos de mi séquito que no eran soldados, actuando según mis indicaciones- hicieron creer a los cristianos que disponía de todo un ejército de refresco, lo que minó su moral e hizo que huyeran en desbandada. Los cronistas cristianos, poco fieles a la verdad, quisieron ver en mis apuros en la batalla una derrota y le dieron el nombre de una aldea cercana, Calatañazor. Las lenguas viperinas de sus juglares cantaron el estribillo oprobioso y falaz de “En Calatañazor perdió Almanzor el tambor”. Esto amarga mis días y noches de sombra errante. ¡Que busquen -y me acusen de falso si la encuentran- las huellas de una sola de mis derrotas! En esta batalla no estuve, sin embargo, satisfecho de mis ejércitos. A punto estuvieron de sucumbir y ya habían iniciado la huida. Al llegar a Córdoba los arengué criticando su cobardía, que casi nos cuesta la vida a todos. Perecieron más de 800 jinetes. Corría el año mil de su era y muchos de los infieles cristianos predicaban el fin del mundo. Mis astrólogos y yo nos reíamos de estas patrañas; sabíamos de otras cuentas más secretas del Señor del Mundo. Y aún así, poco hubo para que fuera el final de mi mundo aquí, entre los mortales. Mis últimas expediciones me llevan a Montemayor, a Pamplona y a Baños de Rioja. Campañas de las que nada recuerda vuestro siglo XXI pues una y otra vez se dedicó a quemar los libros de mis sabios. Este es vuestro problema. Nada agregaré a una ignorancia que vosotros habéis tejido como un sudario de muerte y olvido. Vuestros historiadores han querido ver en ellas las expediciones cincuenta y tres, cincuenta y cuatro y cincuenta y cinco. En el año 1002, con más de 60 años de edad, y mi pobre cuerpo físico ya consumido por las vigilias y las extremas condiciones de guerras continuas, emprendí mi última campaña. Era contra la Rioja y mis cronistas la llamarían “la de los Canales y el Monasterio”, pues saqueé e incendié el Monasterio de San Millán de la Cogolla, centro espiritual de Castilla y Navarra, que ya en aquellos tiempos -y lo siguió siendo después- era un baluarte no sólo religioso, sino también de sabiduría y económico. Esta razzia y destrucción iba dirigida contra un símbolo espiritual y de estabilidad para mis enemigos. Yo sabía de mi temprana muerte, me la habían predicho astrólogos que nunca erraban en su dictamen... ¡Ay tristeza, qué dolor amargo vivir como sombra y no poder seguir cabalgando hasta el Fin de los Días, haciendo retroceder horizontes y conquistando fortaleza a fortaleza, hasta que el fuego de Allah lo consuma y purifique todo! El Alma a quien serví lo hace feliz y luminosa más allá del horizonte, pero yo debo seguir vagando por los lugares en que amé y odié. No importa, a vosotros os lego mi infortunio de sombra errante. Ojalá pronunciéis mi nombre y vuestra historia, escrita por mis enemigos, mire de nuevo al lejano ayer de mi vida y halle verdades que olvidó. ¡Que aparezca ante el tribunal de la historia como un gobernante severo, pero justo, no como un tirano! El Tribunal de Allah dictó ya su veredicto, pero éste es secreto y sólo para Mí. Os lego las voces y recuerdos de una sombra que como vosotros, amó y sufrió; pero que a más que a todo en su vida, se dedicó a gobernar con justicia, poner orden y salvar de los cristianos las benditas tierras de al-Andalus. Los últimos días de mi vida fueron tristes. Dejo a los historiadores que os narren mi muerte; el fuerte y justo gobierno de mi hijo amado. Y los desastres que siguieron al gobierno de mi otro hijo, más débil moralmente y a quien perdieron sus aduladores. No quiero ver como abatieron los muros de mi Ciudad Brillante, Medinat Zahira. Ver el oprobio y no poder vengarlo puede hacer más amarga esta existencia mía como sombra. Adiós, y sed siempre valientes. La deshonra dura más, mucho más que la Vida...” Autor: José Carlos Fernández ©